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04/08/2014

Poesía vs. todo lo demás

Es oficial, tengo un romance de verano con Arthur Rimbaud. Mi novio es un zombie, es un muerto viviente… No me gusta reconocerlo pero hasta este año nunca había sabido apreciar la poesía más allá de algún poema aislado de Santa Teresa de Jesús en pleno éxtasis o de las desgarradoras coplas a la muerte del padre de Jorge Manrique leídas en el instituto. Ni siquiera la de mis escritores en el Olimpo como Sylvia Plath o Federico García Lorca, a los que siempre había admirado más en sus facetas de novelista y dramaturgo, respectivamente. Pero entonces conocí y entrevisté a Luna Miguel. Me enamoré de La tumba del marinero y el mundo de los poetas se me abrió como una rosa en flor. Cómo no hacerlo con poemas como Museo de cánceres de Luna o versos como:Después de crecer mi hogar lo levantaré sobre las ruinas” de Elena Medel. Cómo no añorar ser poeta. Cómo no maldecirse por no poder ser vidente.

Lo hablo con mi amiga a las dos de la noche.

Para ella la poesía es un eyaculador precoz. Dice que es joven y urgente. Que sube rápido «como la coca o algo así» pero que la novela es como un buen amante.

Yo no creo que la novela tenga nada de amante. Le digo que la novela es un cabeza de familia. Es estar casado veinte años y follar una vez al mes.

Ella piensa que eso solo lo digo porque ahora estoy con mi joven amante poeta pero que un día querré que alguien me haga las cosas más lentas y volveré a la novela.

Ella habla de leer pero yo de escribir.

Ella cree que escribir poesía tiene que ser como pelearte con alguien. Que hay mucho dolor y no solo pasión. Pero no el dolor de, por ejemplo, un tatuaje. Dolor de ansiedad. Dolor de enfermedad.

El dolor no como resultado de algo excitante, sino de algo tóxico.

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