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14/09/2014

Me gusta tener la regla

Me gusta tener la regla aunque no siempre ha sido así. Y no lo digo porque durante los primeros días de sangrado experimente un dolor que solo puedo describir como mis ovarios intentando matarme desde dentro. Lo digo porque durante mis primeros años menstruando convertí mi regla en un oscuro secreto que debía ocultar a toda costa para, solo algún tiempo después, ascenderla a la categoría de engorro. Una carga que teníamos que soportar la mitad de la humanidad debido a un reparto injusto y desigual de la biología.

La primera regla se presenta sin avisar. Yo era un poco más joven de lo habitual cuando menstrué por primera vez. Me había desarrollado de manera precoz y, de repente, una indisposición estomacal se había convertido en una mancha granate en las bragas. Aquella mancha oscura que deseaba con todas mis fuerzas que fuera caca y no sangre, tiñó inesperadamente mi vida de vergüenza mientras hacia prometer a mi madre que no se lo contaría nunca jamás a ningún otro ser humano sobre la faz de la tierra.

Pero, ¿de qué me avergonzaba si en el colegio había estudiado la antiséptica historia de los óvulos que descendían por las trompas de falopio como por un tobogán? Si las historias de mis antepasadas a las que se les había cortado la mayonesa y hasta la misma regla si se les había ocurrido lavarse el pelo las había escuchado contadas ya con sorna. ¿De qué me avergonzaba si mi propia hermana había menstruado sin pudor delante de mí en la intimidad de nuestro cuarto de baño?

Ahora sé que entonces muchas compartimos armario, sin saberlo, porque la misma antigua vergüenza seguía ahí en forma de tabú. Estaba en los anuncios de compresas con fluidos azules en una probeta. En las compañeras de clase que te pedían un tampón en un tono apenas audible para el oído humano y que luego cruzaban la habitación apretándolo fuertemente contra su puño cerrado para que nadie alcanzara a verlo. Está en “esos días”, en “la visita de tu prima” y hasta en la ropa premamá especialmente diseñada para ocultar su razón de ser. Porque la dignidad de menstruar recae en nuestra capacidad para conseguir ocultarlo. De poder ocultar que somos mujeres y no niñas. De poder ocultar que somos mujeres y no hombres.

*Ilustración de Ana Müshell realizada para la ocasión.

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