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01/02/2015

Diario de provincias: Día 7

Hoy que termino de escribir este diario ha nacido un bebé en la familia y es curioso porque si este diario hubiera empezado tan solo unos días antes, habría tenido que hablar también de una muerte. Ambos extremos de la vida han sucedido de manera repentina. Mi prima, la parturienta, ha tardado tanto en darse cuenta de que estaba de parto que, cuando ha llegado al hospital, ya había dilatado siete centímetros y por poco el niño no nace en el coche. Por otro lado, la muerte llegó en forma de porrazo. A lo largo de El año del pensamiento mágico, el último libro que he leído y del que os hablaba en la primera entrada del diario, Joan Didion repetía constantemente como un mantra:

“La vida cambia rápido.

La vida cambia en un instante.

Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba.”

Y es verdad. La vida transcurre poco a poco y luego de golpe.

Tengo que reconocer que lo del bebé me da un poco de envidia. Pero no porque yo esté interesada en tener uno propio sino porque siempre he querido tener un hermano pequeño o un sobrino. Para lo primero ya no existe absolutamente ninguna posibilidad y para lo segundo, a día de hoy, no guardo muchas esperanzas de que acabe sucediendo. De hecho, entre que mi abuelo solo tuvo un nieto varón (sin hijos), que todas sus nietas (y bisnietas) nacieron mucho antes de que el registro civil permitiera elegir el orden de los apellidos y que a mi hermana y a mí se nos está dando desastrosamente mal ser independientes y formar nuestra propia familia, parece más que probable que el apellido Yuste morirá con mi generación.

No importa, así es la selección natural de la especie.

Poco a poco y luego de golpe.

De niña nunca deseé tener mascotas, sin embargo, fui de esas niñas que pedían insistentemente a sus padres tener un hermano pequeño. No sé por qué, la verdad, supongo que ser pequeño puede ser muy solitario. Pero yo ya había nacido once años más tarde que mi hermana, la economía no estaba muy boyante y, para colmo, mi padre había acabado encontrándole el sentido a la vida en una religión que cimentaba sus dogmas en la represión sexual. Así que, para sacarme aquella idea de la cabeza, mis padres me ponían ejemplos de primos y amigas que se llevaban mal con sus hermanos pequeños y siempre se estaban quejando. Tal y como le había pasado a mi hermana conmigo cuando yo era muy pequeña y me comía sus pintalabios favoritos.

Aunque eso era exactamente lo que yo quería, quería ser la hermana mayor. Quería ayudar a mi madre a cambiar pañales, acompañarlo al colegio, protegerlo de los peligros… Quería verlo crecer desde que solo fuera un bulto en la barriga de mi madre y algún día contarle la divertida historia del día de su nacimiento, igual que mi hermana me recuerda todos los años que le chafé los planes de ir a ver Dirty Dancing al cine de verano.

Lo más raro es que ese hermano que nunca tuve ahora se me aparece en sueños. No es que sueñe que voy a tener un hermano o algo así. Él simplemente está ahí, es uno más de la familia. Aunque nunca es el mismo. Sus rasgos, edad y personalidad cambian de un sueño a otro pero nunca el sentimiento. Siempre lo adoro y lo quiero de la forma más pura e incondicional que existe y cuando me despierto, lo echo de menos, lo que es muy raro porque siempre es extraño echar de menos a alguien que no existe.

El reloj ya pasa de la medianoche, ya es febrero. De lejos me llega el sonido de la fiesta que alguien está dando en algún piso del edificio. La gente conversa y ríe. En mi casa todo está en silencio. Termina enero y termina este diario que tanto me ha gustado escribir.

Corto y cambio.

María

Publicado en La Tribu el 31 de enero de 2015.

 

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