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30/01/2015

Diario de provincias: Día 5

He cenado viendo el telediario. Comiéndome un bocadillo de queso fresco con tomate restregado, han empezado a aparecer niños soldado y campos de refugiados en la pantalla y he apagado la tele. El verano en el que se produjeron aquellos horribles ataques químicos en Siria estaba comiendo con mi madre delante del televisor cuando empezó el telediario. Entonces no pude cambiar de canal ni apagar el televisor pero dejé de comer hasta que terminó. Debía de ser adolescente cuando vi una entrevista, también en el telediario, a alguien de la industria del porno. De aquella entrevista solo recuerdo la siguiente frase: “a mí lo que hago no me parece pornográfico, para mí pornografía es comer viendo el telediario”. Entonces no lo entendí pero me impactó. Ahora sí porque el sexo no me hace sentir sucia, esto sí.

A las 21:30 he recibido el siguiente mensaje a mi móvil de una tal María:

“Han habido amenazas de atentados de los yijadistas contra España , aseguraron q iban a ser aqui en un centro comercial, esto fue dicho el día 19 de enero pero han vuelto a comunicar q el atentado se producira con bombas en el famoso centro comercial de el corte ingles situado en el centro de la ciudad

Comparte este mensage con todos tus paisanos que no se acerquen a centros comerciales hasta que la polícía española no asegure que no se cometerán dichos atentados. Esto no es una simple cadena esto puede salvar vidas

compartelo con la gente q no quieres perder”

Carmen Alonso le ha contestado a las 21:32:

“Estas cosas yo no las veo claras……”

Y Encarna añadió lo siguiente a las 21:33:

“La televisión dijo q eran mensajes falsos”

Este es el tipo de literatura que recibo todos los días al grupo de Whatsapp del coro del centro cívico al que va mi madre. Por no hablar de Alejandro, discapacitado mental, que todos los días saluda varias veces y nadie le contesta. Muchos de vosotros os quejaréis de que vuestros padres sepan usar Internet y tengan Whatsapp pero mi madre no y ya os digo que es a mí a quien le llegan todas las fotos de bizcochos caseros, frases motivacionales y bebés de la familia. Aunque he de reconocer que los grupos de Whatsapp en los que la edad media de los participantes es de sesenta años me resultan igual de fascinantes que la imaginería religiosa, los bazares chinos y los centros comerciales en decadencia. ¿O es que ese mensaje sobre una falsa amenaza de atentado no es puro arte pop? La relación inconsciente entre terrorismo, miedo, muerte y consumo es magistral.

Después de comer he estado haciendo limpieza. Por uno de mis armarios ha aparecido la cámara réflex analógica con la que mi padre intentó aficionarse a la fotografía en los años ochenta. Cuando yo era pequeña estuvo intentando enseñarme a usarla pero la cosa no cuajó y luego, cuando entré en la edad de hacerme fotos de los pies, retomé la afición pero, a largo plazo, tampoco funcionó. Hoy le he propuesto a mi madre venderla y le ha parecido bien. También me ha estado contando de otros hobbies en los que mi padre intentó encontrar refugio. Hubo muchos, llegó hasta a comprarse un violín pero lo tuvo que revender porque su minusvalía en la parte derecha del cuerpo no le permitía tocar.

Todo lo relacionado con mi padre me sume en un terrible dolor. No por su muerte sino por su vida que la vivió enfermo sin saberlo y muriéndose sin saberlo. Sus padres y hermanos, esperando una muerte prematura, habían hecho un pacto de silencio sobre la verdad de una operación en Madrid en la que, supuestamente, se había curado siendo adolescente. Ninguno imaginó que podría llegar a los cincuenta. Ninguno pensó que los secretos familiares se enquistan y envenenan todo a su alrededor. A veces, cuando entro a la antigua habitación de mis padres, ahora reconvertida en la habitación de los trastos, después de tantos años aún huele a él y me da miedo. Así que, cuando voy a apagar el módem por las noches (sí el módem tiene la mejor habitación de la casa para el solo) aguanto la respiración.

M.

Publicado en La Tribu el 29 de enero de 2015.

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