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28/01/2015

Diario de provincias: Día 3

Mi madre está hablando con alguien por teléfono y grita mucho. Probablemente lo haga con algún familiar del pueblo porque allí hablan muy alto y se le pega. Está contando que, este año, las cepas del virus de la gripe han mutado y la vacuna que le han puesto no sirve de nada. Lo cuenta como si fuera algo excepcional pero, en realidad, esta misma conversación la tiene todos los años desde que yo tengo uso de razón.

Hoy ha vuelto el sol mediterráneo al cielo después de la única semana de invierno riguroso que tenemos al año. Aquí el invierno es tan suave que la mayoría de las mañanas uno anda por la calle con el abrigo muerto de risa colgando del brazo. Y hay días tan cálidos, como el de hoy, en los que vestir de manga corta sería lo más apropiado. Dicen que nadie ha conseguido captar la luz tan intensa y primaveral del mediterráneo como Sorolla. Una luz que yo denomino “postapocalíptica”. No hay otra manera.

A medio día ha venido mi hermana a comer a casa. Mi hermana y yo nos llevamos once años. Ella es la mayor. Ahora mismo está en paro pero es profesora de inglés. A ella su crisis de los veinte, esa etapa en la que terminas la carrera, empiezas a trabajar (en su época) y te das cuenta de lo difícil que es dejar de dar tumbos y encontrar tu lugar en el mundo, le pilló en plena burbuja inmobiliaria.  A mí me pilló en medio de la recesión económica y, en un intento desesperado de tomar las riendas de mi futuro y vivir la vida que siempre había pensado que me gustaría vivir, acabé tirando todo mi dinero por un agujero negro llamado Londres. Sin embargo, ella la cagó aún más comprándose un piso a precio de timo en medio de una carretera, sin trabajo estable y envenenada por aquella estrategia de marketing de la burbuja en la que alquilar era tirar el dinero. Si conseguirá mantener su piso, la fortaleza de su independencia y, además, no perder todo el dinero, o lo que es peor, todo el tiempo que ha invertido en ganar el dinero que ya ha pagado, es toda una incógnita. Mi madre, por si las moscas, no deja de traerle todo tipo de amuletos que tiene que llevar en el bolso o en el monedero o dejar en la mesita de noche. Mi favorito es una moneda falsa de un euro que por una cara imita a un euro normal y por el otro lleva una cruz. Yo tampoco lo entiendo.

 

Resulta que hace dos años yo vivía en Londres y ahora estoy en bata en el salón de mi casa enganchada como una vieja a una novela de sobremesa ambientada en los años veinte. Se llama El secreto de Puente viejo y es una joya del género. Mezcla tramas de asesinato y robo de bebés con concursos de tortilla española amañados por la alcaldesa. Por lo demás, cumple con todas las características del género: personajes maniqueos interpretados por actores regulares, narración estirada como chicle en la que los días acaban pasando en tiempo real (mención especial a los flashbacks de escenas que acaban de pasar en el mismo capítulo) y la máxima de oro de cualquier telenovela: SI NO HAY CUERPO, NO HAY MUERTO. Después de mucha observación, he llegado a la conclusión de que la telenovela es la forma de ficción más pura.

Querido diario, creo que necesito una rehabilitación de esta vida de provincias.

M.

Publicado en La Tribu el 27 de enero de 2015.

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